Opinión: ¿Qué rol debe jugar el gas natural en la transición energética de Chile?

Por Ana Lía Rojas, Bárbara Yáñez, Rafael Loyola, Carlos Sepúlveda, Carlos Jorquera.

Viernes 23 de diciembre de 2022

Las asociaciones gremiales renovables que suscriben esta nota son conscientes de que el gas natural será requerido durante la transición energética. En este sentido, abogamos por impulsar una evaluación en detalle de cuál será el rol del gas natural y su regulación para garantizar que la transición energética ocurra en los plazos que los estudios técnicos disponibles proponen –retiro del carbón hacia el 2030 y retiro total de fósiles en torno al 2040– con las menores distorsiones posibles y velando por un sistema seguro, sostenible y económico. Sin embargo, también afirmamos que la participación del gas natural en la matriz eléctrica debe estar sujeta a la premisa de neutralidad tecnológica que rige el desarrollo y expansión del sector eléctrico nacional, y no bajo las distorsiones que la han favorecido, perjudicando y desplazando la generación renovable.  Entre estas, la denominada condición de inflexibilidad del gas natural, que permite forzar el uso de gas con prioridad al resto de las energías renovables, provocando el vertimiento de energía renovable y mayores emisiones contaminantes.

En una reciente columna de un diario de circulación nacional, la Asociación de Gas Natural (AGN) señaló que la única alternativa realista para lograr las metas de descarbonización en Chile, sería a través del necesario incentivo al uso del gas natural. Asimismo, aludió a que el gas es un combustible con bajos riesgos de suministro gracias a inversiones en terminales GNL y contratos de suministro existentes. Mencionó también la creciente dificultad para desarrollar proyectos de energías renovables en el territorio. Y, finalmente, agregó que los desafíos de la transición energética requieren incentivar la penetración de energía renovable, donde el gas facilitaría esta penetración.

No dejan de llamar la atención estas declaraciones. Primero, porque el gas es un combustible fósil que no está libre de emisiones contaminantes, por lo que su promoción va en directo desmedro de los objetivos de carbono neutralidad que se persiguen con la transición energética.

Segundo, los supuestos bajos riesgos de suministro de este combustible no son tales, pues en estos últimos días ha quedado de manifiesto que, ante la actual crisis internacional, los contratos de abastecimiento han terminado cediendo a las conveniencias económicas de los generadores para desviarlos hacia su mejor postor. A lo anterior, se suman los conocidos riesgos sobre las importaciones desde Argentina. En el contexto mundial, presenciamos también las complejas condiciones de abastecimiento del gas ruso a Europa y las consecuencias que este “nuevo orden” puede traer para el abastecimiento de gas a un país pequeño como Chile. En ese sentido, hay que reconocer que siempre existen riesgos de suministro del gas, asociados a la geopolítica de sus países productores.

Tercero, la mención a la dificultad de desarrollo en el territorio, evidentemente, no es una condición exclusiva de los proyectos renovables. Todas las tecnologías deben enfrentar los desafíos del territorio y comunidades y, seguramente, una fuente de generación fósil tendrá requerimientos y exigencias acordes a su impacto en su entorno. Finalmente, por cada dólar que sube el millón de BTU en el precio internacional de gas natural, al país le cuesta 120 MMUSD. Por lo tanto, el costo del gas no es inocuo para el país ni para la generación renovable que desplaza. Así, la denominada condición de inflexibilidad que la normativa le da a este combustible debería analizarse como una externalidad negativa cuyo costo no debiera ser socializado en el sistema, menos en el parque renovable en el contexto de una política pública de descarbonización.

Las asociaciones gremiales renovables que suscriben esta nota son conscientes de que el gas natural será requerido durante la transición energética. En este sentido, abogamos por impulsar una evaluación en detalle de cuál será el rol del gas natural y su regulación para garantizar que la transición energética ocurra en los plazos que los estudios técnicos disponibles proponen –retiro del carbón hacia el 2030 y retiro total de fósiles en torno al 2040– con las menores distorsiones posibles y velando por un sistema seguro, sostenible y económico.

Sin embargo, también afirmamos que la participación del gas natural en la matriz eléctrica debe estar sujeta a la premisa de neutralidad tecnológica que rige el desarrollo y expansión del sector eléctrico nacional, y no bajo las distorsiones que la han favorecido, perjudicando y desplazando la generación renovable. Entre estas, la denominada condición de inflexibilidad del gas natural, que permite forzar el uso de gas con prioridad al resto de las energías renovables, provocando el vertimiento de energía renovable y mayores emisiones contaminantes.

Sostenemos además que, cualquier aporte del gas natural en la matriz eléctrica en el futuro, debe estar circunscrito a lo siguiente:

  1. No debe perjudicar el proceso de descarbonización.
  2. El uso del gas debe ser flexible, sin forzar un despacho, cosa que ha quedado demostrado es posible realizar, a propósito de los desvíos de naves de GNL inicialmente destinadas a Chile, además de diversas alternativas de gestión en los terminales que se han visto este último año.
  3. Asimismo, el despacho intradiario del gas debe ser totalmente flexible, garantizando un ciclado diario total que evite el vertimiento de energía renovable, considerando parámetros de despacho acordes con los estándares internacionales.

Por todo lo anterior, seguiremos abogando por un sistema eléctrico 100% renovable y con almacenamiento, impulsando la materialización de los planes de inversión de nuestras empresas asociadas, con una importante complementariedad multitecnológica para aportar energía renovable de base y variable, y flexible, para desplazar y retirar los hidrocarburos. Así, podremos, como país, desplazar y retirar los hidrocarburos sin excepción –carbón, gas y diésel– de la matriz eléctrica de Chile, en los plazos que los estudios técnicos que nos respaldan indican –retiro del carbón hacia el 2030 y retiro total de fósiles en torno al 2040–, y ratificado por una cuantiosa bibliografía nacional e internacional que ratifica que esta opción –y no la perpetuación del gas en la matriz eléctrica– es la más costo eficiente y la que tendrá el mayor de los impactos en la reducción de las emisiones provenientes del sector eléctrico nacional, horizonte que no debemos perder jamás.

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