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03/2018

Los Ríos: Isla Huapi tiene luz por primera vez

En pleno siglo XXI, 146 viviendas ubicadas en medio del lago Ranco comenzaron a usar refrigeradores y lavadoras gracias a paneles solares que dejarán en el pasado la penumbra en que vivieron toda su vida.

Por estos días, en el comercio de Futrono existe una alta demanda de electrodomésticos, principalmente refrigeradores y lavadoras. No es un fenómeno empujado por el crecimiento de la economía o un tentador ofertón de productos, sino porque recientemente 146 familias de isla Huapi accedieron por primera vez a la electricidad, una promesa que demoró 30 años y que en el recorrido dejó fallecidos, incendios y naufragios penosos.

Atrás quedaron los chonchones de papa para iluminar la noche o los lavados de ropa en el lago. Gracias a un inédito proyecto a nivel nacional, no solo dotó de energía eléctrica a la isla, sino que la hizo gratuita para cerca de 500 habitantes que viven en estas 820 hectáreas de terreno ubicadas en medio del lago Ranco, frente a Futrono. Allí fueron instalados 151 sistemas de energía fotovoltaica -cada uno de 2,76 kW de potencia- a las 146 viviendas, cuatro iglesias y a la única ruca de la isla, por un monto de US$ 2,9 millones aportados por el Ministerio de Energía, la Subdere y el gobierno regional.

Francisco Alliende, gerente general del Grupo Saesa -firma encargada del proyecto en alianza con Wireless Energy-, dice que fue un “orgullo aplicar esta tecnología en la zona”. Explica que el mal tiempo característico del sur no impedirá el uso de electricidad en la isla, pues cada vivienda posee ocho paneles más su respectivo banco de baterías, lo que permitirá almacenar toda la energía que cargue durante el día, “por lo que una familia podrá tener una autonomía fácil de tres días”.

Sin embargo, para llegar a esto se debió sortear una serie de dificultades técnicas. Al comienzo se pensó utilizar un cable submarino para llevar corriente a la isla, lo que fue desechado por su alto costo. Luego se contempló instalar generadores a diésel, lo que fue rechazado por el ruido y la contaminación que generan. Fue recién en 2016 cuando el proyecto tomó una forma concreta, al resolver que se haría con paneles solares y baterías de almacenamiento en la isla.

“Por siglos, nuestra luz fue el sol del día, y la luna de noche”, relata el lonco Héctor Ñancumil (40), mientras recuerda cómo era la vida de sus antepasados mapuches, quienes habitan desde hace cuatro siglos el lugar. “Era como que el tiempo no avanzaba para nosotros; pero ahora esto nos va a cambiar nuestra forma de vida, y lo mejor es que es algo sustentable”, comenta.

A su lado, el alcalde de Futrono, Claudio Lavado, precisa que “aquí se hizo justicia social. Solo imagínate la nostalgia que sentían estas personas cada noche cuando veían las luces de Futrono, algo que ellos no tenían”.

Por su ubicación, isla Huapi recibe en verano a cientos de turistas que visitan su feria costumbrista y su famosa “Piedra Bruja”. Pero el resto del año, vivir allí es duro. Tal es así, que en el intertanto, varios vecinos murieron a la espera de tener electricidad. “Por el uso de velas hubo incendios que dejaron varios muertos. Muchos otros se perdieron ahogados en el lago, porque cruzaban a Futrono a cargar sus baterías en invierno. ¡Si vivir acá era algo muy sacrificado, oiga!”, comenta medio enojado Sergio Jara (68), quien ha vivido toda su vida en la isla.

Mario Ñancumil, pastor evangélico y presidente del Comité de Electrificación de Isla Huapi, recuerda las dificultades que las generaciones pasadas debieron soportar para hacer patria en este lugar: “Si miramos hacia el pasado, hay una tremendo cambio con esto. Mi infancia y la de muchos en esta isla fue muy sufrida, por la oscuridad y porque no teníamos las comodidades”, sostiene. Añade que muchas veces no hizo la tarea escolar, porque “no teníamos luz para estudiar y alumbrar la casa”.

Dada la precariedad de la isla, en un inicio -relata Ñancumil- sus padres y abuelos iluminaban las oscuras noches de invierno con chonchones de papa (vegetal ahuecado, con mecha de género y relleno con grasa animal o cera). “Después, ya con más recursos, se lograron comprar velas y las primeras lámparas a parafina, pero recién fue a fines de los 90 cuando llegó el primer generador a bencina, comprado por el profesor Fernando Salamanca, con dinero de su propio bolsillo”, subraya.

Si había algo complicado por la falta de luz eran las labores domésticas, afirma Claudia Millaqueo (41), quien veía a su abuela lavar ropa a mano a orillas del lago. “En invierno era peor, porque ella debía bajar a buscar agua y llevarla a la casa”. Para Mireya Maillanca, lo complejo era conservar los alimentos. “Sin refrigeradores, estábamos obligados a comernos todo en el día. Si no, se echaba a perder”, cuenta.

Fuente: El Mercurio

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